La rebelión festiva que parió a Marijaia: La historia no contada de la Semana Grande de Bilbao
Cada mes de agosto, Bilbao se sumerge en un torbellino de júbilo y desenfreno colectivo que el mundo conoce como Aste Nagusia, pero tras la fanfarria y el bullicio se esconde una historia de reivindicación popular, un pulso ganado por la ciudadanía a un modelo festivo obsoleto y gris. No es solo una fiesta; es el resultado de una revolución pacífica que devolvió las calles a su gente.
Una capital en blanco y negro: ¿Cómo eran las fiestas antes de la ‘revolución’ de 1978?
Para comprender la magnitud de la Aste Nagusia actual, es imperativo viajar a un Bilbao anterior a 1978. Las fiestas de entonces eran un mero apéndice de las corridas de toros, un programa descafeinado y encorsetado, diseñado desde despachos y sin apenas conexión con el sentir popular. La programación, controlada por el Ayuntamiento franquista, se limitaba a eventos dispersos y de escaso calado: algún concierto de bandas militares, verbenas de pago en locales cerrados y poco más. La calle, el epicentro de cualquier celebración que se precie, permanecía en silencio, ajena a una fiesta que no sentía como suya. Era un modelo agotado, un reflejo de una sociedad que pedía a gritos un cambio, más participación y menos imposición.
El año que todo cambió: Un concurso de ideas que desató el alma popular
El punto de inflexión llegó en 1978, en plena efervescencia de la Transición. El consistorio, aún anclado en viejas formas, se mostraba incapaz de ofrecer un nuevo modelo. Fue entonces cuando, paradójicamente, una iniciativa privada encendió la mecha. Los grandes almacenes El Corte Inglés, con la colaboración del periódico El Correo, lanzaron un «Concurso de Ideas» para revitalizar las fiestas. Entre las propuestas, una destacó por su audacia y su espíritu transgresor: la del colectivo «Txomin Barullo». Su proyecto, bautizado como «¡Chiribi, chiribi, que el último se quede allí!», no era un simple programa de actos; era una declaración de intenciones. Proponía un modelo basado en la participación activa de la ciudadanía a través de colectivos o «konpartsak», sacando la fiesta a la calle y creando un programa paralelo, gratuito y abierto a todos. El éxito fue tan arrollador que el modelo se impuso de facto, sentando las bases de la Aste Nagusia que conocemos hoy. Nacía así una fiesta del pueblo y para el pueblo.
Marijaia: De un boceto a lápiz al alma inmortal de la Aste Nagusia
Una fiesta de tal calibre necesitaba un icono, un símbolo que encarnara ese nuevo espíritu. Y lo encontró en una figura femenina, rubia y con los brazos perpetuamente en alto en señal de optimismo y fiesta. Marijaia, la «señora de la fiesta», no fue fruto de un sesudo estudio de marketing, sino de la creatividad y la urgencia. La comisión de fiestas encargó su diseño a la pintora y grabadora Mari Puri Herrero, quien, en apenas cinco días, dio vida al personaje. Su rostro, inspirado en las muñecas tradicionales vascas, y su vestimenta rural, con un toque de matriarca bondadosa, la convirtieron instantáneamente en el alma de la Aste Nagusia. Marijaia no es una simple mascota; es la anfitriona que da la bienvenida, baila sin descanso durante nueve días y, en un acto de purificación y renovación, se entrega a las llamas en la ría al final de la fiesta, prometiendo su regreso el año siguiente.

Las Konpartsak: ¿Son el verdadero motor (y la conciencia crítica) de la fiesta?
Hablar de Aste Nagusia es hablar de las konpartsak. Estos colectivos de ciudadanos, organizados por barrios, afinidades culturales o cuadrillas de amigos, son el verdadero corazón que bombea vida a la celebración. Son ellas las que montan las emblemáticas «txosnas» en el recinto festivo de El Arenal, espacios donde la música, la gastronomía y la reivindicación conviven con una naturalidad asombrosa. Lejos de ser meras comparsas, las konpartsak mantienen una autonomía férrea frente al programa oficial del Ayuntamiento. Programan sus propios conciertos, concursos y actividades, a menudo con un marcado carácter social y crítico. Esta dualidad, un programa oficial y otro popular, crea un equilibrio único que dota a las fiestas de Bilbao de una riqueza y una pluralidad inigualables. Son, sin duda, el motor festivo, pero también la conciencia crítica que impide que la celebración se desnaturalice.
Anécdotas y rituales que forjaron la leyenda de la Aste Nagusia
La historia de la Semana Grande está plagada de momentos y figuras que han contribuido a su mitología. La figura de la Txupinera, por ejemplo, es un homenaje a las mujeres de los antiguos caseríos de Bilbao, que lanzaban cohetes para anunciar las fiestas. Desde 1978, cada año, una mujer miembro de una konpartsa es elegida para este honor, rompiendo con la tradición de que solo los hombres lanzaran el cohete inaugural. Junto a ella, el Pregonero o Pregonera, una figura pública de Bilbao, se encarga de leer el pregón que da inicio a las fiestas.
Pero la anécdota más dramática y que demostró la resiliencia del espíritu festivo ocurrió en 1983. Unas inundaciones devastadoras anegaron Bilbao en plena Aste Nagusia, causando el caos y la tragedia. En un acto de solidaridad espontánea, el grito de «¡Aste Nagusia, egunez egun!» (¡Semana Grande, día a día!) se convirtió en un lema de resistencia. Los konpartseros y la ciudadanía se volcaron en las labores de limpieza, demostrando que el espíritu de la fiesta era, por encima de todo, el espíritu de una comunidad unida. Aquel suceso no solo no mató la fiesta, sino que la fortaleció, convirtiéndola en un símbolo de la capacidad de superación de Bilbao.
Un modelo festivo que se estudia en el mundo
La Aste Nagusia de Bilbao es mucho más que nueve días de juerga. Es un caso de estudio sobre participación ciudadana, un modelo de gestión festiva mixta (institucional y popular) que ha sido observado y admirado en todo el mundo. Representa el triunfo de la calle sobre los despachos, de la creatividad popular sobre la programación impuesta. Es la prueba de que una fiesta, para ser verdaderamente grande, debe nacer del corazón de la gente a la que pertenece. Y en Bilbao, cada mes de agosto, ese corazón late más fuerte que nunca.




